

JAIR ACOSTA ALEGRÍA
Jair, empático
Era una jornada habitual para Jair, una de esas en las que las llamadas se suceden sin tregua, difuminando la línea entre el principio y el fin del turno. Su supervisor le había asignado la campaña "Prospectos IN", y apenas comenzaba a calentar motores cuando el sistema le conectó una llamada. Al otro lado de la línea, la voz de un hombre vibraba con esa mezcla inconfundible de enojo y desesperación.
—Nadie me ayuda —espetó el cliente, sin apenas dar tiempo al saludo protocolario—. Necesito mi retiro por desempleo y parece que les hablo en otro idioma.
Jair, manteniendo la calma que su puesto exigía, respiró hondo antes de contestar.
—Entiendo su molestia, señor. Permítame ayudarle. Cuénteme, ¿qué ha intentado hasta ahora?
—Fui al banco —replicó el hombre, con la frustración aún a flor de piel—. Fui a la sucursal y me miraron como si estuviera loco. No me dieron ninguna solución.
Jair asintió para sus adentros. Era un problema común.
—Comprendo. Lo que sucede es que las sucursales bancarias no se especializan en temas de AFORE, por eso no pudieron procesar su trámite allí —explicó Jair con voz pausada—. Pero no se preocupe, tenemos dos caminos: puede ir a una sucursal específica de AFORE o, si prefiere ahorrar tiempo, lo hacemos ahora mismo desde la app Afore Móvil Banamex.
Hubo un silencio breve al otro lado. La respiración del cliente se acompasó un poco.
—Ya tengo la app —admitió el hombre, bajando el tono—. Pero nadie me había explicado eso del banco. ¿Seguro que se puede desde aquí?
—Totalmente seguro. Vamos a revisar sus datos.
Jair confirmó que todo estuviera en orden; los astros parecían alinearse, pues el cliente tenía sus datos actualizados y cumplía con cada requisito.
—Muy bien —dijo Jair, adoptando un tono más dinámico—. Abra la aplicación. Yo lo iré guiando paso a paso. No le voy a colgar hasta que terminemos.
Durante los siguientes minutos, la tensión se transformó en esperanza. Jair dictaba las instrucciones y el cliente las ejecutaba, viendo cómo, por primera vez, las puertas que parecían cerradas se abrían en la pantalla de su teléfono.
—Listo —dijo finalmente el cliente. Se escuchaba un alivio profundo en su voz, como si se hubiera quitado un peso enorme de encima—. Dice que está procesado. De verdad voy a recibir el dinero.
—Así es. El trámite está hecho.
—Muchas gracias, joven —dijo el hombre con sinceridad—. Gracias por la paciencia y por explicarme lo que nadie más hizo.
Al colgar, Jair se recostó un momento en su silla, reflexionando sobre lo sucedido. Sabía que, en el gran esquema de las cosas, solo era una llamada más, pero también sabía que todos, en algún giro inesperado de la vida, podrían estar al otro lado de esa línea, esperando que alguien, simplemente, decidiera ayudar.