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GERARDO CASTILLO JIMENEZ

Gerardo, comprensivo

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El día transcurría con normalidad en la campaña TALA para Gerardo, hasta que una llamada rompió la inercia operativa. Tras proporcionar los datos generales de la cuenta, la voz del cliente cambió, tornándose frágil y cargada de pena.


—Le pido una disculpa sincera por el atraso —confesó el hombre con amabilidad, aunque la vergüenza era palpable en sus palabras—. Estoy pasando por una situación de salud y economía muy complicada. La verdad es que no tengo a nadie que me apoye. ¿Podría darme un poco más de tiempo para estabilizarme?


Gerardo revisó la pantalla: el adeudo no superaba los setecientos pesos. Sin embargo, comprendió de inmediato que para aquel hombre esa cifra representaba, en ese momento, una montaña insuperable. Detectó el tono entrecortado, la angustia contenida, y decidió que su prioridad no era solo el cobro, sino brindar calma.


—Lo escucho y comprendo perfectamente por lo que está pasando —respondió Gerardo con firmeza y calidez—. Hoy en día las circunstancias pueden ser muy difíciles para cualquiera. Quiero que sepa que mi intención es escucharlo y que se sienta seguro y respaldado durante esta llamada.


Del otro lado de la línea hubo una pausa cargada de emoción.


—Jamás me habían tratado así en una llamada de cobranza —dijo el cliente, con la voz quebrada pero profundamente agradecida—. Gracias por su empatía, joven. De verdad, gracias. Le prometo que haré lo imposible por reunir la cantidad y pagar en unos días.


Al colgar, Gerardo sintió una satisfacción que iba más allá de lo laboral. Aquella interacción le recordó que, incluso en una gestión breve, es posible mantener los principios y ofrecer un apoyo genuino a quien más lo necesita.

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